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Entrevista a Rafael Sánchez por Tiempo de silencio

Publicado el 01 de Mayo de 2018

Entrevista a Rafael Sánchez por Tiempo de silencio

Obra: Tiempo de silencio

 

 Descendiente de emigrantes españoles, criado en Suiza y vinculado al teatro muni-cipal de Colonia –Schauspiel Köln–, Sánchez es una de las figuras más singulares de la escena alemana actual. A La Abadía llega de la mano de José Luis Gómez, quien le propuso adaptar “Tiempo de silencio”.
 

La primera pregunta, situémonos, ¿qué es Tiempo de silencio, cómo definiría esta obra y a qué nos enfrenta o de qué nos habla?

Tiempo de silencio es la historia de un hombre que en el Madrid de los años 40 vive una odisea, en la que pierde todo lo que tenía. Pierde a su novia, su empleo, pero también su conocimiento de sí mismo. Su viaje le conduce por todos los estratos sociales de la ciudad, le hace sentir que no pertenece a ninguna y al final todas le echan. Por los ojos de don Pedro, Martín-Santos nos enseña los diferentes ámbitos. Nos lleva a los más pobres, por quienes nadie se preocupa, que están completamente abandonados; a la clase media, que apenas consigue mantenerse a flote; pero también a los ricos, que apartados de aquella miseria disfrutan de la vida.


Por qué diría que esta novela es un hito de la literatura española, qué la convierte en ello?

Un aspecto importante es la forma que el autor ha elegido. Es una mezcla entre James Joyce y David Foster Wallace. Es una manera de escribir que hasta entonces en España era insólita. Otro aspecto es, sin duda, la capacidad del autor de escribir “entre líneas”. Aunque hasta los años 80 el libro solo se pudo leer en forma censurada, la gente ya captaba muy bien la crítica de Martín-Santos hacia el sistema.


¿Qué tiene el Madrid de hoy (y la sociedad de hoy) del Madrid de 1940, del Madrid de posguerra? ¿En qué nos vamos a sentir identificados? ¿O no existe tal identificación?

Me gustaría decir que la sociedad de hoy ya no tiene nada que ver con la que nos describe Luis Martín-Santos. Pero por desgracia no es así. Por dar solo algunos ejemplos: La violencia contra las mujeres, que entonces fueron las víctimas y que siguen siéndolo. La explotación de los más pobres, que antiguamente eran las personas que vinieron de los pueblos a Madrid y hoy son los refugiados. La pobreza entre la gente mayor, la escasez de viviendas, el paro, etc. Los paralelismos entre aquel tiempo y el de ahora son tan llamativos que, por desgracia, no hace falta traducirlos a la actualidad.


Vayamos al montaje. ¿Cómo surge este proyecto, qué empeño le lleva a una de las figuras más singulares de la escena alemana a querer poner en escena (o a aceptar su propuesta) por primera vez una novela como esta?

Hace unos dos años y medio, José Luis Gómez me contactó por primera vez, me visitó en Colonia, vio algunas de mis puestas en escena, y después vine a Madrid para conocer su trabajo y La Abadía. Nos preguntamos qué podría ser interesante para que lo dirigiera un hombre de teatro cuyos abuelos emigraron en la década de 1960 a Suiza, que se crio allí, y vive y trabaja en Alemania. Primero pensamos en elegir una obra alemana. ¿Pero cuál? ¿De qué época? Sabiendo que he trabajado en varias ocasiones a partir de narrativa, José Luis me propuso adaptar Tiempo de silencio. He de confesar que no conocía la novela, pero cuando empecé a leerla enseguida me entusiasmó. Pensé: quizá yo no tenga nada nuevo que contar al público español sobre su país, pero muchas veces resulta positiva una perspectiva distinta, con más distancia, para ver cosas que se conocen de sobra.


¿Cómo es su propuesta, dónde ha querido poner el acento, qué vamos a ver sobre las tablas, qué es lo que Rafael Sánchez ha querido contar?

No me gusta el teatro con moraleja, el teatro aleccionador. Eso ya lo ha hecho la  Iglesia durante suficiente tiempo, y sobre el resultado podríamos discutir largo y tendido. Prefiero más bien contar historias que describen a una persona, que muestran cómo la sociedad repercute sobre el individuo. Lo político se muestra de forma más específica en una vida individual.

Martín-Santos hace precisamente eso, nos muestra cómo sus personajes luchan por la supervivencia, cómo el individuo si le dejan solo no es capaz de sobrevivir. El sistema de entonces estaba diseñado para mantenerse y no se preocupó por el bienestar común, por no hablar del individuo. La gran pregunta que hacemos con este espectáculo es: ¿En este sentido ha cambiado algo?


Háblenos un poquito de sus personajes y sus actores… 

La adaptación que nos hizo Eberhard Petschinka está escrita para tres actrices y cuatro actores que van saltando entre diferentes papeles. A veces son los narradores, para después pasar a ser los personajes. Excepto el actor que interpreta a don Pedro, todos hacen varios papeles, algunos muy diferentes entre sí, ya que nos movemos entre un laboratorio de investigación, un burdel, las chabolas de las afueras de la ciudad, una comisaría… Esta forma de contar la historia que no es siempre fácil, porque no se puede desarrollar un carácter de manera continua. Es la primera vez que trabajo con actrices y actores españoles ¡y lo estoy apreciando mucho!


¿Cómo tendría que ir el público a ver este montaje para impregnarse cien por cien de él y cómo le gustaría que saliese del teatro?

Para mí, la mayor diferencia entre el teatro y el cine es la siguiente: Voy al cine para dejar que me manipulen. Voy con una expectativa muy concreta, los productores saben perfectamente qué es lo que me gusta y cómo ha de terminar la película, para que después vuelva a ir. Pero en teatro no sé qué me espera, la actitud pasiva con la que consumo una película, en el teatro no me sirve. Ahí estoy obligado a aportar mi propio punto de vista, a posicionarme. A mentalizarme de tal forma para que esté abierto a ideas y sentimientos, que ante la pantalla de la televisión o del cine no surgirían. Esa es la disposición que espero del espectador. Si alguien no tiene interés en abrirse, en descubrir algo nuevo, será mejor que se quede en casa y se atonte ante una sitcom mal escrita, mal interpretada y mal dirigida.

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