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María Hervás

Publicado el 01 de Enero de 2018

María Hervás

Obra: Las mujeres de la escena: actriz y adaptadora de Iphigenia en Vallecas

 La producción teatral es un espacio restringido, habitado casi en exclusiva por los hombres

 

¿Mujeres en el teatro?

Esa es la paradoja: las mujeres en el teatro están en todas partes: dramaturgas, directoras, actrices, técnicos de sonido, maquilladoras... Sin embargo, gozan de muchísimas menos oportunidades que los hombres. Lo mismo que ocurre, por ejemplo, con las opciones que tienen para desempeñar cargos públicos o en las instituciones , entre otras. 

Claro que existe discriminación. Pese a tratarse de un sector cultural, en el que todos nos jactamos de ser tolerantes, igualitarios, etc., la mujer debe demostrar sus capacidades constantemente (sin permitirse fallar lo más mínimo) para que se la valide y respete. Es un trabajo diario el de reivindicar el puesto de una, algo tremendamente agotador a lo que por supuesto no se enfrentan de igual modo los hombres.

Como actriz (en mi caso) se te presupone un ser de poca inteligencia y gran emocionalidad,  lo que te convierte en “la frágil” y ,si me apuras, en “la loca” para el resto de la profesión. Y estas etiquetas, no nos engañemos, históricamente nos las han colgado los hombres. Pero no sólo, y no todos.

La actualidad nos ha convertido en tema de actualidad, en objetivo de uso, para algunos, hasta morboso: se ha hecho público que a algunas actrices se les pedía un “plus” para ser contratadas.  Una de las perversiones del abuso sexual es que se convierte en estigma. La mujer que ha sido abusada, lejos de ser “la víctima” ha sido en la mente de una sociedad entera “la marcada”, la que lleva la mácula. Y esa mácula te excluía de ser una mujer deseada, querida, cuidada. Había dificultad en contratar una mujer alrededor de la cual hubiera un rumor de abusos porque se presuponía problemática, y casi contagiosa. Esto ha hecho realmente difícil para la mujer poder denunciar públicamente el acoso, y tener un miedo atroz a ser separada, rechazada. Ahora está sucediendo algo maravilloso: las mujeres se han unido y han perdido el miedo. Lo que está sucediendo en Hollywood es un acontecimiento que maraca un antes y un después, porque las mujeres que nos han sido presentadas como las más deseadas y exitosas del planeta, aquellas a las que no se les perdonaba la más mínima imperfección, han empezado a hablar, y han dicho: “de mi también abusaron”. Pero lo que encuentro realmente esencial es que puedan hacerlo y que los demás entiendan que siguen siendo maravillosas, bellas, talentosas, inteligentes. Que ser víctima ya no suponga ser excluída. Eso elimina el miedo, y por esa razón están llegando los testimonios en oleada, porque la agrupación, la colectividad sostiene a la mujer sola, y la apoya en la denuncia.

La producción teatral es un espacio prácticamente restringido, habitado casi en exclusiva por los hombres. Y los hombres se fían de los hombres, sobre todo en términos de inteligencia. Así que es obvio: hasta el momento que las mujeres puedan producir o que los hombres decidan producir el trabajo de las mujeres, la desigualdad seguirá siendo escandalosa.  Existen particularidades, que revolucionan el teatro casi como una apuesta personal ideológica. Es el caso de Jordi Buxó, uno de los socios del Pavón Kamikaze, y el productor más valiente de este país, absolutamente dispuesto a favorecer el trabajo de la mujer. Yo lo adoro.

En la cotidianidad está el cambio. Las grandes acciones tienen más “mediaticidad”, pero las pequeñas son las que modifican el sistema día a día. Yo he traducido, adaptado y coproducido mi propio proyecto teatral “Iphigenia en Vallecas”, que ha dirigido y también coproduce el maravilloso Antonio Castro Guijosa. El hecho de haber puesto mi energía en eso habla de una intención de reivindicar mi lugar en una industria. Mi lugar como María Hervás, y por tanto como mujer. Es increíble el número de mujeres que me han confesado “salir inspiradas” de la obra, con ganas de emprender sus propios proyectos, contar sus historias, sacar su voz. Para mí eso es un regalo y una acción política.

La injusticia hacia la mujer ha sido una barbarie en la historia, y creo que ahora se necesita cuidar en extremo, incluso a través de la legislación, proponiendo leyes que al inicio igualen por obligación. Luego eso, se relajará, la igualdad será la normalidad y no hará falta sobreprotegerla ni favorecerla porque será el status quo.

La mujer ha sido también entendida por el capitalismo como cabeza de ganado en la oscuridad. Es decir, pieza fundamental para el desarrollo de la producción en un país, pero no apta para recibir las glorias propias de su esfuerzo o de su tarea. Así sucede con “el cabeza de familia”, lugar reservado a los hombres, mientras las mujeres sacan adelante la estructura. Así sucede con los grandes científicos, filósofos, artistas de la historia, esa historia hegemónica que ha llegado a nosotros como “lo indiscutible”, “lo verdadero”, pero que ha decidido excluir a la inmensidad de mujeres talentosas, inteligentes, precursoras de discurso que sí han existido. Simplemente no se nos ha considerado merecedoras de tal luz, de tal gloria, y en primer lugar, de tal derecho, por muy propio que nos fuera.

Llegaremos a la paridad. Para ello necesitamos desarrollar la empatía, generar discurso y ser comprometidos con ambos. Y esto es tarea de hombres y mujeres. Es muy peligroso hacer pensar que esta lucha es responsabilidad única de la mujer, o excluir al hombre de ella, o generar antagonismos. Todo esto lleva a confusiones y dificulta la unidad, la colectividad. Yo adoro a los hombres, y quiero crear una sociedad justa e igualitaria con ellos. Desde aquí, y en mi día a día, animo a hombres y mujeres a decir con tranquilidad algo tan sencillo y justo como “soy feminista”. Esto es un paso gigante que lo cambia todo, pues el feminismo no es, como se tergiversa, la oposición al machismo. El feminismo es la ideología que defiende la igualdad de la mujer. IGUALDAD, no superioridad.

La historia nos demuestra que la cultura es eminentemente masculina. Esto lo ha condicionado TODO. Nuestra estructura ha sido sostenida sobre estos pilares. Desde ahí no podemos hablar ya nunca de un aprendizaje en libertad. Somos sujetos: sujetos a un sistema, sujetos a una ideología impuesta, sujetos a unos presupuestos de los que tendremos que ir deshaciéndonos con trabajo para poder ir empezando a elegir quiénes somos, en vez de funcionar con ese otro “yo” que la historia, el Estado, y los demás han decidido adjudicarnos.

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