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Entrevista a Ernesto Caballero por El jardín de los cerezos

Publicado el 31 de Enero de 2019

Entrevista a Ernesto Caballero por El jardín de los cerezos

Obra: El jardín de los cerezos

He tratado de estar en sintonía con lo que marca el autor. Este esfuerzo sería del agrado de Chéjov

Estamos viviendo el final de una época y apenas somos capaces de vislumbrar el mundo que nos espera

 Ernesto Caballero no es sólo uno de los hombres más versátiles y respetados de la escena teatral española, sino que pertenece a esa generación de creadores que conoce el mundo teatral en todos sus aspectos: como autor, como director de escena, director de compañía y como maestro de actores. Es director del CDN desde enero de 2012 y entre sus últimos trabajos destacan “Un bar bajo la arena”, “Acastos, ¿para qué sirve el teatro?”, “Rinoceronte”, “Vida de Galileo” o “El laberinto mágico”.

En la recta final de su periodo como director del Centro Dramático Nacional, ¿por qué “El jardín de los cerezos”? ¿Hay algo de simbólico en la elección?

Se trata de un clásico que retrata asombrosamente la vulnerabilidad de los seres humanos en las grandes encrucijadas  tanto sociales como personales. Sin duda que nos concierne.


Le decía lo de simbólico porque este Chéjov está plagado de símbolos, ¿no? El primero, el propio jardín. ¿Qué representa?

 

 La inocencia, la idealización del pasado, la quimera del tiempo detenido…


 


¿Cuáles son otros símbolos importantes para usted?

Son muchos, de hecho, se trata de una obra eminentemente poética: La habitación de los niños en donde empieza y termina la obra, el enigmático vagabundo que irrumpe inesperado en el segundo acto, el ruido lejano -que viene del cielo- como el de una cuerda que se rompe, los golpes finales de las hacha talando el jardín, Firs, el viejo criado que encarna lo irrecuperable…

 


 
¿A qué nos enfrenta, finalmente, esta obra, ante qué espejo nos pone o en qué llagas mete el dedo?

La más destacable es la relación con nuestro pasado, la cual, naturalmente, determina nuestro futuro. También nuestra sorprendente capacidad de rehuir la realidad; la obra aborda un proceso de maduración colectiva: una vez perdida la casa y el jardín, los personajes inevitablemente se hacen responsables: abandonan el cuarto de los niños y el ensueño de El jardín.

 


 

¿Cómo es el Chéjov que firma esta, su última obra de teatro, cómo lo definiría?

La escribió sabiendo que estaba próximo su final. Se trata del retrato de un grupo humano que vive en el umbral de dos épocas.

La protagonista es la propia vida y sus ricas y variadas manifestaciones. La obra rezuma vulnerabilidad, extrañeza y asombro ante los seres humanos: también indulgencia, confianza, amor…
 


 

¿Cuál es el mayor reto que supone enfrentarse a Chéjov y a “El jardín de los cerezos” y cómo lo ha solventado Ernesto Caballero?
 

Se trata de una obra coral que requiere doce primeros actores dispuestos a propiciar la irrupción de vida y poesía en el escenario. Esto se logra con un elenco de intérpretes que a su condición de profesionales se añade la menos frecuente de ser verdaderos artistas.


 

 
¿Cómo es la versión que Ernesto Caballero ha hecho de “El jardín de los cerezos”? ¿Se trata de una versión fiel al original, más contemporánea, más libre aunque fiel a la esencia de Chéjov?

Cuando uno lleva a escena un texto, inevitablemente lo somete a un proceso de actualización. ¿Qué tiene que ver el público de la Rusia de principios del veinte con el de la España de hoy? Yo, que formo parte de este último grupo; he llevado a cabo una interpretación alejada de códigos y convenciones que, como la propia casa de El jardín, pertenecen a otro tiempo.


 

Dice que una lectura del texto, directa y sin adherencias preceptivas, ha generado una realidad escénica muy alejada del consabido canon chéjoviano. ¿Qué ampara dicho canon y qué implica, prácticamente, alejarse de él?

La tradición señala como estilo chejoviano una línea interpretativa que arranca del legendario y para entonces novedoso montaje naturalista de Stanislvaski. Chejov fue de los pocos críticos con este enfoque que se había desentendido de su primera indicación: “Comedia”.


 

Stanislavski cosechó gran éxito con la puesta en escena de “El jardín”, pero entre sus discrepantes estaba el propio Chéjov. ¿Ir en contra o no estar en sintonía con lo que marca el propio autor no es un poco una traición? ¿Qué cree que diría Chéjov del montaje de Ernesto Caballero?

No he hecho otra cosa que tratar de estar en sintonía con lo que marca el autor en su obra. Este esfuerzo supongo que sería del agrado de Chéjov.

 


 


Háblenos de la puesta en escena, de la escenografía, el vestuario, la luz, la música…
 

Es un con compuesto por diversos talentos brillantes y cómplices. Paco Azorín, Luis Miguel Cobo, Juan Sebastián, Ion Anibal, Pedro Chamizo, Carlos Martos… Con todos ellos he diseñado un espectáculo poético, despojado de elementos de ambientación realista o recreaciones “de época”, resaltando la dimensión poética de algunos elementos dotados de alta potencialidad simbólica. Un montaje en que prevalece y marca la pauta el trabajo de los actores y su relación con una determinada concepción del espacio escénico. 



 Es difícil entrar a definir los personajes de Chéjov, así que centrémonos un poco en los actores. ¿Cómo ha de enfrentar un actor a Chéjov, cuáles son las pautas que les marca como director?

Su predisposición a dejarse sorprender por lo inesperado evitando la tentación de “dirigir” en exceso la imaginación del espectador. Desechando definiciones apriorísticas sobre quiénes o qué son los personajes. Dejando en cuarentena la consabida pregunta “por qué” a la hora encontrar pequeñas razones lógicas a lo que carece de ellas. Dudando de las “ideas” que se traen de casa y confiando ciegamente en las intuiciones que surgen en la práctica. Pensando, lo justo; atreviéndose al error.



“Me he acercado a este texto pensando que lo ha escrito una persona de hoy”. ¿Qué tiene en común la España de hoy, la sociedad de hoy, nosotros mismos, con la sociedad y los personajes de “El jardín de los cerezos”, de aquel 1904?

Somos conscientes de que estamos viviendo el final de una época y apenas somos capaces de vislumbrar el mundo que nos espera. Las resistencias al cambio son comprensibles y naturales, pero también nuestra capacidad de adaptación. La vida sigue fluyendo como el río del filósofo. Por otro lado, los personajes de “El jardín” representan una sociedad infantilizada incapaz de formular un proyecto de futuro colectivo.


La obra retrata el declive de un modo de vida frente a la irrupción de uno nuevo, quién sabe si mejor o peor. Hablábamos antes de simbolismos y de que encara la recta final de su periodo como director del CDN. ¿Cómo vislumbra el horizonte?

Con confianza y optimismo, siempre colaborando con lo inevitable.

 

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