Javier Cámara, Emilio Tomé y Pablo Remón – Verborrea

Javier Cámara, Israel Elejalde, Emilio Tomé, Marta Nieto y Pablo Remón estrenan Verborrea

Rebobinar, darle al play y dejar que suene el ruido de una época. “Verborrea” nos lleva hasta finales de los 80 y principios de los 90 para recuperar la historia de un grupo punk y, alrededor de él, la de dos hermanos que crecieron en un poblado levantado en pleno Valle de los Caídos, hijos de un funcionario franquista y de un tiempo que estaba a punto de cambiar. Pablo Remón convierte aquella memoria en una vieja cinta de cassette, con su cara A y su cara B, donde las voces se cruzan, los recuerdos se contradicen y un hombre, Segismundo Tóxico, acaba convertido en leyenda. Entre la mugre y la poesía, la risa y la herida, la pieza es una tragicomedia salvaje sobre la herencia y nuestra necesidad de levantar y derribar mitos, de un lado o de otro. Y Javier Cámara, Marta Nieto, Israel Elejalde y Emilio Tomé vuelven a jugar juntos. Esta vez, para recordarnos que todo tiene su cara B. Por VANESSA RAMIRO.

Nave 10 Matadero – Nº Octubre 2026.

Fecha: Del 1 de octubre al 1 de noviembre

Han pasado casi tres años desde que coincidieron en “Vania x Vania”. Imagino un reencuentro desatado en palabras, verborreico. ¿Me equivoco?

Javier Cámara: No, no te equivocas. Teníamos muchas ganas de reencontrarnos de nuevo y ha sido un sueño saber que Pablo estaba escribiendo para nosotros otra vez.

Pablo Remón: Han pasado casi tres años, pero no parece tanto. “Vania…” fue un viaje muy especial para nosotros; ha sido un placer volver a juntarse en un proyecto tan distinto. Al mismo tiempo, echamos de menos a los que no están en esta “Verborrea” y los tenemos presentes.

Emilio Tomé: Si después de una obra tan verborreica como “Vania x Vania”, titulas tu siguiente obra “Verborrea”, ya imaginábamos que, inevitablemente, sería un torrente de palabras. Como así es. Pablo siempre ha confiado en las palabras y su capacidad de convocar y provocar la imaginación en la cabeza de los espectadores. En esta ocasión la obra se articula principalmente a través de monólogos cruzados que establecen diferentes puntos de vista sobre el pasado de los personajes.

¿Ustedes tienen algo de verborreicos, de empezar a hablar y no callar o son de pocas palabras?

Javier: En mi caso en particular puedo encajar en la idea de personas que se emociona y no para de hablar. Sí, puede ser. Otras me quedo callado, muchas veces no tengo nada que decir.

Emilio: Depende de la situación y el contexto. En mi caso paso de un extremo al otro, de no poder callar a cierto mutismo. En cualquier caso, corren tiempos en los que conviene atreverse a escuchar y callar un poco antes de hablar. El ruido y la necesidad de opinar, sobre todo, en todo momento, sin estar suficientemente informados, nos anda empujando a una verborrea sorda que poco ayuda a la convivencia.

Pablo: Puedo serlo. Dirigiendo, lo soy. Con estos actores, dan ganas de hablar y hablar.

“Verborrea” es el título de la pieza que estrenan en Nave 10 Matadero. ¿Cuál es la historia de esta historia?

Pablo: “Verborrea” es la historia de un (ficticio) grupo punk; también es la historia de dos hermano. La historia comienza en un camping en el Valle de los Caídos, a principios de los 70, y nos lleva por multitud de historias, tiempos y personajes. Tiene una estructura de monólogos intervenidos, de voces superpuestas, que a veces la asemeja a un documental musical.

Y los actores, ¿qué nos contarían de “Verborrea”, qué es y a qué nos enfrenta?

Javier: Verborrea da nombre a un grupo de Punk conformado por un grupo de amigos que se conocen desde la infancia. Su recorrido vital. Sus raíces. Su vida y obras.

Emilio: En la superficie, “Verborrea” es el relato, por parte de sus protagonistas, del ascenso y caída de un grupo punk de los años 90. Esto nos sirve para hablar de herencia y rebeldía, de las máscaras que nos construimos y con las que nos identificamos hasta confundirnos con ellas. Y del sufrimiento que esto puede causar. Todo está teñido de un aire de nostalgia y de un humor punzante y descacharrante, como siempre con Remón. Creo, sinceramente, que es uno de sus mejores textos.

El punk nació para incomodar. ¿Qué queda hoy de esa necesidad de llevar la contraria?

Javier: Es más importante que nunca llevar la contraria ante esta ola de conservadurismo y negatividad que nos invade. La impunidad de los poderosos es más irritante y desafiante que nunca. El poder omnívoro y terrorífico de un grupo de oligarcas mesiánicos amenazan a nuestra convivencia y nuestros valores. El contrataque es más necesario que nunca.

Emilio: Llevar la contraria es una pulsión que pertenece a la juventud. De joven se impugna el status quo, la vida que uno se va encontrando, el mundo acomodado de los ‘mayores’. Y siente la necesidad de construir una alternativa propia, de encontrar su lugar, su voz, su horizonte. Y para eso uno necesita incomodar, a los padres, a la sociedad que está ya construida en torno tuyo, a los valores que la rigen. Esto es lo natural. El problema que yo veo en los últimos tiempos es cómo esa rebeldía, ese punk existencial, está siendo perversamente apropiado por las peores ideologías de nuestro presente.

Pablo: El punk es el nihilismo, la sinrazón, el caos, la anarquía, el no. Es, esencialmente, rabia animal y creativa. También fue (o puede ser visto) como un movimiento diseñado, una pose, una performance. Entre las muchas preguntas que se hace la obra, una es: ¿es posible escapar del sistema, que a priori todo lo incorpora?

Háblennos de los personajes que habitan esta historia. ¿Quiénes y cómo son?

Javier: Mi personaje es Kike. Hermano de Segis, creador del mítico grupo de Punk Verborrea. Kike se siente responsable del cuidado de su hermano, hombre talentoso y sensible, volcánico y contestatario. El pasado familiar de ambos tiene mucho que ver con lo que son ahora.

Emilio: Yo en la obra habito dos personajes. Por un lado, Don Teodoro, el padre de los protagonistas, un tipo que marcó la vida de sus dos hijos, un militante franquista que estaba al cargo de las obras del Valle de los Caídos y que sus amigos califican como ‘un cachondo’. Por otro lado, interpreto a Juanito, el batería de Verborrea, también conocido como Johnny Cassettes. Un macarra que, detrás del punk, la violencia y los escupitajos, esconde a un hombre tierno y sensible.

¿Y la puesta en escena, Pablo?

Pablo: Bastante esencial y minimalista. Mandan las palabras y el sonido, en un intento por invitar al espectador a imaginar.

Como autor y director, ¿cuándo supo que estos cuatro intérpretes eran las voces que necesitaba esta historia?

Pablo: Muy al principio. Tengo el privilegio de escribir casi siempre para unos actores y actrices concretos, así que sus voces y sus energías están desde el comienzo.

¿Cómo es trabajar a las órdenes de Pablo Remón?

Emilio: Trabajar con Pablo, después de hacer juntos, con esta, ocho obras, es como volver a casa. De hecho cuando trabajo con otros autores, siempre tengo un poco la sensación de ir al extranjero, a conocer otras voces, otros ámbitos. Y volver a las palabras de Pablo es siempre recuperar una forma de decir y estar en escena que, de alguna manera, construimos juntos en nuestras primeras obras. Por otro lado, Pablo ha ido evolucionando estos años, depurando sus ideas e intuiciones, y reencontrarme con él es también redescubrir a un director que hila muy fino y que sabe potenciar el trabajo actoral que tan fundamental es en sus propuestas. Un lujo, vaya.

Y si, al final, la resistencia consiste simplemente en seguir haciendo ruido, ¿qué ruido les gustaría que “Verborrea” dejara resonando en el espectador?

Javier: El ruido unísono de los aplausos no estaría mal, aunque bien podrían alejarse de la sala con una sonrisa en los labios habiendo disfrutado de una buena hora y media de teatro. El ruido de sus murmullos comentando la obra tampoco estaría mal. También el ruido del público esperando a que empiece la función es muy excitante.

Emilio: La obra es suficientemente ambigüa, contradictoria, divertida y triste a la vez, para no poder reducirla al estereotipo. Para no poder desprenderse de ella fácilmente. Me gustaría que Verborrea dejara en las espectadoras un ruido de fondo, una inquietud, sensaciones sin determinar, ideas que no cierran.

Pablo: No creo que la resistencia consista en seguir haciendo ruido. A lo mejor la resistencia es lo contrario: callarse. El silencio es ahora mismo un gesto de resistencia.

Redacción Revista Teatros

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