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Entrevista a José Luis Gómez por Unamuno, vencereis pero no convencereis

Publicado el 29 de Marzo de 2019

Entrevista a José Luis Gómez por Unamuno, vencereis pero no convencereis

Obra: Unamuno: vencereis pero no convencereis

 Con los espectáculos de Unamuno y Azaña puedo contribuir a mi país y a la formación   de una opinión

Dice que no le gusta hablar de carrera porque “es como si uno estuviera corriendo y no he corrido”. José Luis Gómez prefiere hablar de trayecto. Y el suyo es colosal. 55 años de oficio, toda una vida, que han dado como resultado que estemos ante un hombre cuyo amor por el teatro, excelencia en su trabajo, sabiduría y recorrido abruman. Atesora todos los grandes premios, ha transitado con maestría por todos los palos de la dirección y la interpretación, ha recibido el aplauso unánime de público, crítica y profesión y aún así todavía se define como ‘Pepito desastre’. Charlamos con uno de los maestros del teatro y la palabra en España, conscientes de que todo lo que tiene que contar no cabe en esta entrevista.  Por VANESSA RAMIRO  Foto SERGIO PARRA
 

Como quien no quiere la cosa han pasado 55 años desde que un joven José Luis Gómez realizase sus primeros trabajos profesionales como actor, mimo y director de movimiento en los principales teatros de la República Federal Alemana. ¿Se le ha hecho corto el camino o no siempre?

Cuando se mira atrás el camino se ha hecho corto y cuando se está recorriendo el camino se hace largo.


 

¿Aquel niño nacido en Huelva en la más inmediata posguerra soñó siempre con dedicarse a este oficio o eso vino después?

No, eso vino después, fue creciendo poco a poco, de manera inopinada y casi secreta. Fue un día el que tuve una especie de flash recitando en una fiesta familiar por Navidad “Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela…” (risas). De pronto sentí que eso se me daba bien y sentí como un ramalazo de una energía muy especial y esa especie de sed renovada de esa energía se quedó y con el tiempo uno fue indagando en qué consistía esa energía y fue entrando poco a poco en este ámbito, en este mundo de la interpretación.


 

Una revisa la trayectoria de José Luis Gómez y se siente abrumada. ¿Cómo es posible tanta excelencia en una sola vida?

(Risas). Dios mío, me ha sido dado.

Bien es cierto que, quizás por genealogía, por genética, pertenezco a un mundo de personas esforzadas, que se esfuerzan. Mi papá me decía: “Pepe Luis, no te arrugues, nunca te arrugues” y eso de no arrugarse se lo digo yo a mi hija (risas), porque a veces uno tiene, naturalmente, momentos de debilidad, muchos, pero yo siempre me he acordado de mi buen padre que decía “no te arrugues, siempre para adelante, no te arrugues”.

Sí, pertenezco a ese grupo de personas que yo creo que son pesimistas-optimistas. Yo creo en el ser humano, creo en sus posibilidades, pese a que aunque muchas veces yo mismo y el ser humano en general se conduzca de un modo desastroso. Yo a veces en la intimidad familiar me llamo ‘Pepito desastre’, porque uno quisiera ser mejor, quisiera hacer las cosas mejor, y se encuentra con muchísimas debilidades. En realidad el hacerse ser humano, el hacerse hombre, persona, consiste en aceptar las debilidades, seguir esforzándose, en limar las zonas de conflicto, las zonas de fricción con las otras personas y con el mundo. En el fondo yo creo que tenemos que ir todos a favor de la vida.

¿Qué es la vida? Yo siento que en la vida tal como se manifiesta, la reproducción de las especies, la relación de las especies unas con otras, más allá del hecho de que unos animales se comen a otros, unos hombres se comen a otros también, más allá de eso prevalecen el instinto de conservación, la reproducción, la continuidad de la vida y eso es una manifestación amorosa de la totalidad.

Naturalmente no se puede extrapolar el concepto de amor, es un concepto esencialmente humano, no se puede extrapolar a la generalidad de un modo automático, a la ligera, pero sí hay algo ahí de conservación de la vida, de preservación, de no hacer daño que yo creo que está en la esencia que es vivir y al menos es lo que yo me he ido labrando como motivos para vivir, para seguir viviendo, para seguir trabajando.


 

Hablaba antes de excelencia, usted de personas esforzadas, también ha tenido mucho reconocimiento y no siempre van de la mano. ¿Se siente un privilegiado?

Me siento afortunado. Yo siempre pensé en aquella frase bíblica "me diste cinco talentos y te devuelvo otros cinco". Yo siempre pensé que a mí me gustaría poder decir "me diste cinco talentos y te devuelvo seis".

¿Por qué razón? Yo creo que nos son dadas muchas cosas a los seres que vivimos en sociedad, a la mayoría además, incluso cuando uno está en desventaja y en infortunio, pero creo que nos debemos esforzar muchísimo en contribuir, en contribuir a la vida común, en contribuir al bien general, en contribuir a la vida de los demás, sean próximos o no próximos, sean hijos, sean amigos o sean compañeros de trabajo.

Y en realidad La Abadía nace de esta. Yo soy cuando fundo La Abadía una persona muy afortunada, yo he dirigido el Centro Dramático Nacional, del que he dimitido en ese momento, he dirigido el Teatro Español, del que he dimitido, y dimite muy poca gente, y las razones que tuve fueron muy claras, por injerencias en la gestión de los teatros de los entonces poderes públicos muy jóvenes en la democracia. Y cuando surge el tema de La Abadía, cuando la Comunidad de Madrid me invita a hacerlo, yo estoy dirigiendo en París, después de haber tenido un gran éxito con "La vida es sueño", en la Ópera de la Bastilla "Carmen", que también fue un éxito.

Cuando se me ofrece la oportunidad de crear un teatro nuevo en Madrid para la Comunidad, yo pensé "ya tengo tantos reconocimientos", sé que el público, la sociedad me reconoce talento, me reconoce capacidades, cuál es la perspectiva de mi vida. ¿La perspectiva es explotar ese talento para ser más famoso y ganar más dinero? Yo ya podía vivir perfectamente de mi trabajo, desde hacía mucho tiempo, siempre he podido vivir de mi trabajo, por mis propios medios, porque he producido mis obras... Entonces, ¿quiero hacer eso? ¿Quiero ganar más dinero, obtener más fama o quiero contribuir con algo, el te devuelvo seis talentos en lugar de cinco, o quiero contribuir con algo a la sociedad de donde vengo, a mi país, a mi oficio, a esta familia de gentes del teatro de la que yo me siento parte? Y decidí hacer eso, decidí contribuir.

Y ahora, cuando he dado un paso atrás en la dirección de La Abadía, que podía no haberlo dado, por supuesto, lo he hecho con plena conciencia y con sentido de continuidad, que es importantísimo en España, que hay siempre muchas rupturas, yo he creído, eligiendo a Carlos Aladro, que es un hombre que seguramente hará las cosas de manera distinta a como yo las he hecho, y tiene su derecho, al mismo tiempo ha bebido de las mismas fuentes que yo, es decir, del legado, del mejor legado espiritual y técnico del teatro.

He intentado contribuir y hacer mi trabajo del mejor modo posible. Para mí, en mi interior, soy 'Pepito desastre', lo tengo que corregir día a día.

 


 

Deja La Abadía casi un cuarto de siglo después de su fundación. ¿Qué ve si mira hacia atrás? ¿Qué balance hace?

Yo creo que el Teatro de La Abadía irrumpe con una fuerza increíble y pasa, como toda acción humana, por unos picos excelentes, pasa por otros momentos en que los aciertos no son tan grandes, exactamente como es la realidad y la vida humana. Hace un año y medio o dos años el único Observatorio de medios culturales que hay en España lo consideró el mejor teatro de drama, es decir, el mejor de teatro hablado del país, el primero está el Teatro Real.

Yo creo que el balance es un teatro singularísimo, que ya forma parte de las marcas que tiene la ciudad de Madrid y las marcas que tiene el ámbito cultural en nuestro país, que es conocido en Europa, tiene que ver eso con que yo he vivido a caballo entre varias culturas por haberme formado fuera, en varios países, y sobre todo tiene su plasmación y reflejo, lo que queda es un equipo extraordinario y unos actores que son un verdadero asombro y que se han formado allí, con los procedimientos que yo he ido buscando para ellos y para mí mismo a lo largo de estos años porque el Teatro de La Abadía tiene un centro de estudios, es el único teatro que tiene un centro de estudios real y ahí se está trabajando continuamente.

Y a eso me voy a dedicar yo también, ahora sigo ligado a La Abadía pero no soy el director, sino que me dedicaré a estimular la formación aplicada, los estudios aplicados.


 

Formarse fuera, su vuelta a España, las direcciones del CDN y Español y la fundación de La Abadía. ¿Qué más me dejo como hito importante de su carrera?

No me gusta hablar de carrera, mi trayecto en el oficio. Carrera es como si uno estuviera corriendo y no he corrido, a veces ha habido que correr, pero no he querido (risas).

Lo que yo pienso, primero el impacto que me produce al ver el teatro alemán de los años 60 en Frankfurt con los dos últimos montajes de Erwin Piscator que hizo en la República Federal Alemana y después ya sólo montó en Berlín y muy poco. Erwin Piscator es uno de los genios del teatro del siglo XX. Cuando yo vi aquello yo decidí que aquel era el sitio donde aprender, estudiar y lo conseguí, conseguí entrar en una escuela de arte dramático, conseguí una beca, conseguí aprobar mis asignaturas y conseguí dominar la lengua alemana. Yo no sé ni cómo lo conseguí, supongo que Dios me vino a ayudar, por supuesto. No lo puedo entender de otra manera.

Luego tuve mucha suerte. El segundo impacto fue encontrar la enseñanza de Jacques Lecoq, el grandísimo maestro francés, con el que me fui a estudiar, a veces en verano solos y después hice un curso muy prolongado con él en París.

A finales de los 70 ya había aparecido un libro sobre Jerzy Grotowski en Alemania donde planteaba la dicotomía entre el actor santo y el actor prostituta y él quería decir que el actor santo es el hombre que no se dedica justamente solo a vender su talento, sino que lo que intenta es utilizar su oficio para un mejor entendimiento de la vida, de la naturaleza de la vida y transmitírselo también así a los ciudadanos, a los espectadores. Eso me dejó muy impactado, yo no me pude quedar mucho tiempo con Grotowski en Polonia porque ya tenía mi vuelta a España acordada. Ese es otro momento absolutamente de balanza.

Después me vengo a España, era una nueva vida, era un país que yo no reconocía, el país estaba gris, de uniforme de policía armada y tuve que abrirme camino por una selva de dificultades con un machete imaginario. Tuve la inmensa suerte de obtener la Palma de Oro de Cannes para el mejor actor en el año 75 por "Pascual Duarte" y eso me posibilitó hacer cine, bastante cine, pero no tanto como hubiera podido porque yo no quise nunca dejar el teatro.

Yo había nacido a este oficio en el teatro, había aprendido hasta la saciedad, me había esforzado hasta la saciedad en aprender todos los instrumentos y procedimientos que necesita un actor para estar en un escenario y no iba a echar por la borda y tenía amor, y tengo amor por este oficio, y no iba a echarlo por la borda. Así que digamos subordiné mi trabajo en el cine a mi ocupación en el teatro, si a ello se añade que muy pronto empecé a dirigir teatros institucionales, el CDN, después Teatro Español y después el Teatro de La Abadía, pues no me quedó tiempo para dedicarme al cine en la extensión que podía y que me venían los guiones.

Y la última es después del premio de Cannes, al verme yo en la película "Pascual Duarte" y verme alguno más que había hecho sentí que me hacía falta algo más para el cine y me fui con Lee Strasberg a Nueva York y obtuve la primera beca que se dio a un actor español del Comité Conjunto de Relaciones Hispanoamericanas, las famosas becas Fullbright, que después utilizaron muchos actores españoles afortunadamente.

Fui el primero porque pregunté "Oiga, hay becas para arte en estas becas Fullbright?" y dijeron "Sí" y entonces añadí: "¿Hay becas para el arte del teatro", me dijeron "No" y entonces yo les dije "Pero, bueno, es que el teatro no es un arte" y se quedaron muy perplejos y como venía con mucho, digamos, pedigrí porque acababa de ganar el premio de Cannes, se me otorgó y en el año 1978 me fui a Estados Unidos a estudiar.

Esos son hitos de aprendizaje que de algún modo cambiaron en cada situación y en cada cultura del tiempo las orientaciones y las enriquecieron y finalmente todo eso se fue como capas superponiendo una a otra hasta formar lo que he podido llegar modestamente a ser.


Unamuno, Azaña, Juan Ramón, Kafka… ¿Qué tienen los hombres de los primeros años del siglo XX que tanto le han atraído?

Juan Ramón tiene que ver en gran parte con que es de Huelva y es uno de los poetas esenciales de la literatura española de todos los tiempos y absolutamente para el siglo XX. Él abrió la puerta a toda la generación de poetas que vinieron después de él.

Kafka es un ejemplo de la mejor literatura comprometida del siglo XX y además de eso Kafka fue un hombre, para mí por eso tan atrayente, suave, delicado, inteligente y desesperado por la realidad que le tocó vivir. Kafka odió el Holocausto mucho antes de que el Holocausto tuviera lugar.

Pero los que más me tocan son Unamuno y Azaña. Yo muy pronto me incliné sobre Azaña al estrenar en el CDN, entonces era también el Teatro Bellas Artes, "La velada en Benicarló" con una serie de actores españoles extraordinarios, Agustín González, Yayo Calvo... Los mejores actores que teníamos en ese momento. Y fue un descubrimiento para el público español el pensamiento de Azaña, el dolor de Azaña con aquella guerra infausta. Su amor por España y su concepción de un Estado, de un país, un estado español, con las diversidades que la circunstancia histórica ha ido labrando en el hacerse país España, en el hacerse Estado España. Es por esa fascinación que personajes políticos de distinto signo se han interesado por Azaña, está el ejemplo conocido de José María Aznar, de otros políticos que o teniendo una orientación bastante distinta de la que podía tener Azaña se han interesado profundamente por él, incluso el general Franco, que se sintió atraído justamente por esa concepción de unidad del país, del país junto, conjunto.

Y está Unamuno. Yo nací al borde, cuando terminó la Guerra Civil, mi mamá me decía que se acordaba muy bien del día que yo nací porque era el día, le sonará a chino, a mí también y a cualquier persona de hoy, porque era el día de unificación de milicias. Así se llamó entonces a la unificación de las milicias de requetés y falangistas que se inventa Franco para que no hubiera digamos opuestos dentro del régimen, fusionó a requetés y falangistas. Yo supe de la Guerra Civil y de lo que había sido muchos años después y me entró un dolor muy grande y en el extranjero leí un puñado de libros que hablaban largo y tendido de la tragedia que sufrió nuestro país, la tragedia de por qué se fusilan los españoles unos a otros. Y me quedó ese dolor.

Cuando yo por azar entro en contacto con la literatura de Azaña curiosamente Adolfo Marsillach había programado esa obra, pero de pronto estaba ahí que no la quería hacer nadie y cuando la leí me sentí tan conmovido que quise hacerla. Años más tarde hice un trabajo que es "Azaña, una pasión española" concretamente sobre la persona de Azaña, no sobre la Guerra Civil aunque la Guerra Civil tiene un gran peso en el espectáculo.

Y ese espectáculo junto con Unamuno forma un díptico que yo he querido hacer el año pasado en La Abadía porque hemos vivido una circunstancia tremenda en Cataluña, de grandes diferencias entre españoles, de concepción de lo que debe ser nuestro país y nuestro Estado y era bueno volver a la experiencia de los hombres extraordinarios que nos habían precedido para que el público las conozca. Si yo quisiera hacer un espectáculo para tener éxito o para ganar dinero le aseguro que no escogería a  Unamuno y a Azaña, hay muchas obras estupendas y muy atractivas para el público que se pueden hacer, pero con estos dos espectáculos sí puedo contribuir algo a mi país y a la formación de una opinión, contribuir porque se puede contribuir desde muchos lados, del que yo puedo contribuir es desde este lado.

Unamuno es el hombre particular que se interesa, pero desde su conciencia particular, como hombre perecedero y como ciudadano, que se interesa y participa de modo desgarrado en el quehacer político que sigue a la Guerra Civil. Ese es Unamuno. Y el espectáculo de Azaña es un hombre de Estado, un hombre, político de profesión, que tiene una concepción del Estado, que tiene una idea de cómo este país surge en la historia y cómo él entiende que debe seguir su camino en la historia. Los dos espectáculos se completan el uno al otro de modo, yo creo que, ideal y es lo que he tratado de hacer.


José Luis Gómez ha sido el primer hombre de su oficio, director y actor de teatro, en ingresar en la Real Academia Española. ¿Cómo de poderosa es hoy la palabra?

Yo creo que vivimos en un momento de carencias de lenguaje, de perversión de lenguaje, en que las palabras han perdido, están perdiendo mucho de su significado básico, esencial, estamos en una puesta en cuestión del lenguaje.

Yo creo haber llegado a la Real Academia Española por mi empeño en dignificar el lenguaje en los escenarios. Por una razón muy sencilla, porque aprendí muy pronto que el escenario, que el teatro, es el lugar y el ámbito donde la lengua, el lenguaje, el habla, el instrumento fundamental que tiene el hombre de comunicación, de socialización, de relación, Homero decía que la evolución humana empieza cuando el hombre empieza a emitir aire semántico por el círculo de los dientes. ¡Qué cosa más hermosa! porque el círculo de los dientes es el golpear de la lengua con los dientes es el que permite que se formen consonantes, además de las vocales, que son puros suspiros...

El escenario es donde el lenguaje se debe emitir con su mejor sentido y su mejor sonido. Eso lo vengo defendiendo desde hace muchos años y eso ha sido a rajatabla mi defensa en La Abadía. Y yo creo que es así, aunque muchas veces no se reconoce en nuestro ambiente, el teatro es entretenimiento, el teatro puede ser entretenimiento, pero no es básicamente entretenimiento, es muchísimo más que entretenimiento. Al menos es lo que mis mayores me enseñaron.

El lenguaje tiene en el escenario una tabla de salvación porque primero la lengua que puebla los escenarios es una lengua cuidada, honrada, cincelada, escogida y los hombres que deben resucitar esas palabras son hombres que deben haber sido entrenados en el amor a las palabras y en darles a las palabras esa vida que pierden cuando se depositan en el libro, darles el soplo. Por eso creo que el escenario es todavía un sitio de salvación para las palabras.


Y a partir de ahora, ¿qué?

A partir de ahora la vida sigue y sobre todo sigue el trabajo fundamental que tiene todo ser humano entre manos, culminar la tarea de hacerse persona. Y esa tarea... digo culminar porque es una tarea que no se puede culminar porque la muerte llega antes e interrumpe la tarea, pero aún así tiene muchísimo sentido seguir trabajando en esa tarea. En parte uno puede también perfectamente culminar esa tarea a través del oficio, a través de su oficio se hace uno también persona, a través del recto beneficio de su oficio.

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