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Entrevista a Gon Ramos en el especial Dramaturgos a escena

Publicado el 30 de Enero de 2020

Entrevista a Gon Ramos en el especial Dramaturgos a escena

Obra: Dramaturgos a escena

 Ahora mismo uno de mis referentes es la familia Castellucci, tanto Romeo como Claudia. Su expresión e investigación goza de una profundidad en lo artístico y lo filosófico que desde mi punto de vista los convierte automáticamente en mensajeros de una luz que, por singular, muchas veces quema.

 Actor, dramaturgo y director, es uno de los creadores más innovadores de nues-tra escena. Ha firmado éxitos como “Yogur|Piano”, “Un cuerpo en algún lugar” o “La familia no”. Ahora participa en la dramaturgia de “Lear (Desaparecer)” en La Abadía junto a Carlos Tuñón y [los números imaginarios] ENSAMBLE.
 

¿Recuerda la primera vez que vio por fin representada y estrenada una obra suya? ¿Cuál fue y qué sintió, cómo lo vivió?

Aunque ya había dirigido antes, la primera obra que se estrenó de mi autoría y dirección fue Yogur|Piano, en el 2016. Yo formaba y formo parte del elenco de la obra, con lo que la perspectiva sobre ella es bastante abismal. Recuerdo que nadie había visto nada de la obra antes del estreno y una vez estábamos en función, recuerdo a Ángel Málaga, co-socio de la ahora cerrada Sala Labruc, llorando al mirarnos en la función, en un momento en el que nos parábamos a mirar a espectador tras espectador.


¿De dónde nace su pasión por el teatro?

De la época de la universidad en la que me embarqué casi sin saber cómo ni por qué en el mundo de la impro de humor tipo match y catch. Allí empecé a relacionarme con la creatividad en su sentido más límite, el de tener que crear una situación de cero ante espectadores que buscaban reír. Había que crear haciendo reír, ni más ni menos.

En No Es Culpa Nuestra, el grupo de teatro en el que todo empezó, había mucha gente que estaba estudiando o bien había pasado ya por la RESAD desde múltiples disciplinas. El contacto con ellos, con sus mundos abiertos a la posibilidad de que el teatro y el arte podían efectivamente aprenderse, me hizo pasar del mundo científico al artístico al saber que todas esas ganas de hacerme profesional de eso que me hizo replantearme la vida crecían día a día.


¿Por qué escribe Gon Ramos? ¿Qué le lleva a escribir, qué historias le gusta contar?

Esta pregunta es tremendamente recurrente. Más que por qué, lo que me pregunto es para qué, qué finalidad tiene sentarse a escribir cuando uno podría hablar, debatir o simplemente contar historias en cenas. Tengo una relación bastante inestable con la respuesta y casi siempre está relacionada con el escribir como proceso de quitarme algo de encima de la manera más bella posible y quedarme con la sensación más bella posible en esa pérdida. Ir abandonando concepciones importantes en un papel, trasladándolas a potenciales cuerpos que las incorporarán a su pensamiento como realidades propias.

El hecho de contar una historia nunca me ha interesado demasiado como faro de la escritura. Lo que me moviliza a escribir tiene que ver casi siempre con la propia relación placentera con el proceso imaginativo sin hacer muchos más planes. Es un proceso inevitablemente hedonista, como quien se droga o lee poesía, en los que la finalidad no estaría puesta en nadie más que en uno mismo. Después, como siento el placer potencial de que unos cuerpos puedan pasar por esas palabras como condición de posibilidad de un presente común, dialogo con la escena futura confiando en que el proceso que estoy viviendo en mi fisiología, puesto en escena, tendrá un poder singular. ¿Cuál? Cada obra va hablando por sí misma para un lado u otro.


¿Quiénes son los referentes y cuáles son las claves del teatro de Gon Ramos?

En mis inicios fue Arthur Miller porque sus textos eran el haz del envés que eran los cuerpos vivos. No podía imaginarme un texto suyo puesto en escena sin que fuera un acontecimiento.

Ahora mismo uno de mis referentes es la familia Castellucci, tanto Romeo como Claudia. Su expresión e investigación goza de una profundidad en lo artístico y lo filosófico que desde mi punto de vista los convierte automáticamente en mensajeros de una luz que, por singular, muchas veces quema.

La clave de mi teatro, en cuanto a lo que lo hace posible, quizá sea el no abandono de la expresión poética y la escritura íntimamente ligada a las sensaciones corporales, más que la búsqueda de grandes ideas que compongan un gran tema para una obra.


¿Qué obra de teatro de todos los tiempos le hubiera gustado escribir y por qué?

Supongo que cualquiera que hubiera podido estrenar con Philip Seymour Hoffman en el Nueva York de los 90. Cualquier texto que él pudiera haber dicho. Por ejemplo, haber escrito, dirigido y actuado con él una adaptación en el Off-Broadway de Midnight Cowboy, haber ido a cenar juntos por algún lugar del Village y haberle pedido tantos consejos.


¿Se puede vivir del teatro en España? ¿Se puede vivir de escribir teatro?

Si vivir del teatro incluye dar clase, supongo que la cosa se facilita algo más, pero si vivir del teatro significa vivir exclusivamente de actuar, dirigir, escribir, gestionar o diseñar material escénico en todas sus vertientes, como quien vive solamente de su negocio personal o de ser empleado de manera continuada, la respuesta sería que no es demasiado sencillo ya que implica tener que entrar en una rueda de proyectos y esto, creo que es fácil observarlo, no es muy común.


El lector no suele decantarse por textos teatrales entre sus lecturas. ¿Por qué no leemos más teatro? ¿Qué está leyendo usted?

Si ya la lectura en general es un problemón en el mundo de la hiper-pantalla, la lectura de literatura dramática lo es aún más. Una novela sólo puede ocurrir, entiéndase la expresión, en la intimidad del lector y el papel, pero el teatro por definición está indisolublemente unido al hecho de presenciarlo en su aspecto espectacular y en comunidad.

Si pienso en por qué mi gente cercana no lee teatro, no voy a hablar en nombre de la sociedad, la respuesta es sencilla. Prefieren estar allí, en el patio de butacas, siendo potencialmente atravesados sensorialmente por cuerpos vivos. Se presupone que la experiencia va a ser más total o compleja en la sala que en la relación íntima con la obra en papel. Siento que vivimos en el tiempo del estallido inmediato, del acontecimiento no-matter-what, y la lectura lleva tiempo, lentitud y muchas veces esfuerzo. De hecho prácticamente cualquier cosa conlleva más esfuerzo que mirar el teléfono, ese es el problema.

Ahora ando leyendo a David Hume para la facultad de Filosofía y a poetas americanos del XIX para el próximo montaje de “El jefe sioux con la barba más larga del mundo”. Lo último que leí de teatro fue “Topdog/Underdog” de Suzan -Lori Parks.

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