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Entrevista a Laura Ortega por Fandangos y tonadillas

Publicado el 01 de Enero de 2021

Entrevista a Laura Ortega por Fandangos y tonadillas

Obra: Fandangos y tonadillas en el Teatro de la Comedia

 Queremos que el público  vuelva con traje de fiesta, no a evadirse, sino a ver cuál es la relación entre el teatro y la vida

 El 7 de enero arrancan los ensayos en los que Laura Ortega tendrá que dirigir en un mismo espectáculo a cantantes, un actor, músicos y bailarines. “Estoy convencida de que este es un elenco muy entregado a la fiesta, generoso con sus compañeros de pista”, nos ha contado divertida. Charlamos con esta valiente y talentosa directora sobre el teatro, sobre esta primera unión entre la CNTC y la CND y sobre los proyectos que tiene a la vista para este año que comienza a ritmo de fandangos y tonadillas.

2020 ha sido para todos un año muy duro. Así que nada mejor que comenzar 2021 con aires de fiesta, ¿no?

Nos pilla con cuerpo de fiesta, es así. No quiere decir que haya mucho que celebrar, pero espero que este espectáculo sirva para darle una bienvenida al 2021 más propicio. El aire festivo de los fandangos y las tonadillas lo pone fácil.


¿Cómo surge este proyecto y qué tenía de especial para que Laura Ortega tomase el timón?

La idea inicial era una propuesta para montar una pequeña fiesta de bienvenida a lo que será la temporada de la CNTC. Tender puentes entre disciplinas es una forma de asumir el legado de nuestro teatro clásico. En este caso, creando un espectáculo híbrido, donde además de una mirada contemporánea, pudiéramos experimentar con un modo, digamos, personal, de hacer convivir la danza, la música, la interpretación y el puro juego. Me interesa el teatro de lo pequeño, de los intermedios, porque muchas veces es en los márgenes donde encuentras lo más representativo de la realidad de un tiempo histórico. El siglo XVIII es tan buen lugar para comprobar esto como el presente.


A propósito del estreno de “La comedia de maravillas” el pasado mes de diciembre, Lluís Homar nos decía que él creía que lo importante es qué contamos, es decir, que nos podemos divertir recibiendo algo. ¿“Fandangos y tonadillas” esconde algún tipo de reflexión o es pura diversión y fiesta? ¿Cómo definiría este espectáculo, con qué nos vamos a encontrar?

La fiesta es, desde luego, lo que vertebra esta función. Hemos investigado mucho sobre los distintos significados de la fiesta. Decir que algo es pura diversión no es decirlo todo sobre el elemento de descontrol que se supone que trae consigo una celebración verdaderamente popular. El siglo XVIII es el momento en que el concepto mismo de lo festivo, lo carnavalesco, empieza a cambiar. La actitud del público en un teatro, en silencio y a oscuras, es algo claramente moderno. Mucho de esto recae sobre las espaldas de los actores. De alguna manera, su trabajo concentra ese espíritu, de la fiesta, al mismo tiempo que se convierte en una carga que llevar ante los demás, ante el público.

Una de las tonadillas de la función, “Arbitrio para comer”, de Pablo Esteve, se estrenó un martes de carnaval de 1785. En esta canción dialogada, que es como un pequeño número de variedades, se ve que los actores, a pesar de sostener una cultura teatral, están obligados a someterse a la precariedad.

Así que Fandangos y tonadillas nos lleva a hacer múltiples reflexiones, que nacen en este momento histórico pero que tienden un puente contemporáneo directo: el comportamiento del público en los teatros, el paso de la calle al escenario, el juego del artificio y la realidad. En general, creo que esta fiesta es un homenaje a la teatralidad como una forma impersonal, y por tanto, civilizada, de entender lo público; el modo de reconocernos unos a otros en un espacio común, que era, de alguna manera, el teatro como polo de atracción de la variedad de gente que vive en la ciudad, que se pasea por ella, imita y es imitada. El artificio, y puede que esto sea nuestra tabla de salvación en el presente, donde lo que es mentira se camufla bien en un tipo de sinceridad que aborrece lo teatral y explota directamente los sentimientos, puede convertirse en piedra de toque.

Más allá de esto, este espectáculo es un guiño a los cómicos de estos entretenimientos populares, como La Caramba y Garrido, dos estrellas del teatro madrileño del momento.


Dice que la propuesta incorpora al repertorio de la CNTC el legado dramatúrgico, dancístico y musical del siglo XVIII. ¿Cómo se consigue esto? ¿De qué fuentes bebe este espectáculo?

Bueno, es un intento más. La CNTC ya había abordado el siglo XVIII con anterioridad. Lo que sí que creo es que sigue siendo necesario abordar el teatro, especialmente el de este siglo, con la mirada puesta en lo musical y en la danza. La presencia conjunta de estos dos lenguajes en los escenarios y en la calle es algo fundamental sin lo que resulta difícil entender lo teatral como una forma instituida de diversión. El mismo público, con su presencia, con sus cuerpos y sus gestos, imitando músicas y bailes y haciéndolos circular, produce y resignifica una idea de teatro en la que caben más cosas que el texto. Con una cosa consigues iluminar la otra.

No sabría decirte mucho más aparte de que un espectáculo así no puede hacerse sin meses de investigación, fuentes documentales, etc. Es importante todo ese esfuerzo porque muchas cosas solo se te ocurren si previamente despiertas en ti la imaginación suficiente para ver y sentir historias que, al menos en un principio, parecen bastante lejanas. El trabajo con Alicia Lázaro ha sido crucial.


Una fiesta del teatro, de la danza, de la música… ¿Cuál es el hilo conductor “Fandangos y tonadillas”?

Si dijera solo que el motor escénico ha sido la necesidad de que la fiesta no decaiga, me quedaría corta. Hay un personaje, Garrido, que tiene una tarea, infinitamente pesada, que es entretenernos, estar siempre disponible y ser buen anfitrión de una fiesta en la que falta un tenor. Mientras va a buscarlo, que es más o menos lo que pasa en El italiano fingido, de Ramón de la Cruz, lo que el espectador ve es una sucesión de cuadros y escenas musicales en los que también se baila, y mucho.


Alicia Lázaro nos hablará del paisaje sonoro, pero ¿con qué personajes nos vamos a encontrar en “Fandangos y tonadillas”?

Son seres noctámbulos reunidos una noche de carnaval, justo antes de que comience la Cuaresma. Aparte de Garrido y La Caramba, que interpretan a otros personajes, están estos invitados, los músicos y bailarines, y un tenor, que no es el que buscaban.


¿Podemos decir que en cierto modo en esta época empieza a configurarse lo que luego será el teatro contemporáneo? ¿Por qué?

Más arriba te decía que estos intermedios de las funciones grandes son valiosos porque hablan de la gente. Son postales en los que se recoge, aunque sea para criticarlas o satirizarlas, lo más esencial de la vida de la gente en la ciudad, y a la vez miran hacia el propio teatro. No es que empiece a configurarse el teatro contemporáneo, sino la “idea” de un teatro contemporáneo, que es una idea moderna. A la escena llega algo del mismo tiempo que vive y siente el espectador, con lo que la suma de lenguajes, la interpretación, la música, la danza, se abre a un tipo de experimentación colectiva que antes no tenía lugar.


Es la primera colaboración de la CNTC con la Compañía Nacional de Danza. ¿Cómo está siendo el trabajo entre dos colosos de semejante envergadura?

Quizá esta pregunta necesite una respuesta más institucional. Son dos grandes casas, como anotas, con dos grandes puertas. Para mí, la experiencia está siendo muy enriquecedora. Defiendo mucho la hospitalidad como una virtud escénica. Incluso la posibilidad de ser anfitrión e invitado al mismo tiempo. Mar Aguiló y Pau Aran, con poéticas muy diferentes en cuanto a la construcción del movimiento, están trazando a partir de sus coreografías un paralelo con el presente muy excitante. Ahí se ven el juego, la picardía, la transgresión de cierta idea de compostura con la que pesadamente asociamos el siglo XVIII, el modo de funcionar del cuerpo en público y en el ámbito privado. Yoko Taira, Isaac Motllor, Sara Fernández e Iker Rodríguez son excelentes bailarines y es una suerte, un orgullo, poderlos ver en escena en el Teatro de la Comedia.


Cuenta en escena con cantantes, un actor, músicos y bailarines. ¿Cómo es dirigir un elenco tan heterogéneo? ¿Le hace falta puño de hierro o se lo ponen fácil?

Hasta el 7 de enero no comienzan los ensayos, pero estoy convencida de que este es un elenco muy entregado a la fiesta, generoso con sus compañeros de pista. Personalmente, el trabajo de convergencia entre gente distinta me resulta muy grato.


¿Por qué no debemos perdernos “Fandangos y tonadillas”?

Porque este año ha sido duro y hemos atravesado momentos en los que las emociones que más insistentemente nos han golpeado, sin apenas tiempo de reaccionar, han venido de lugares que no eran el teatro, por desgracia. Queremos que el público vuelva con traje de fiesta, no a evadirse, sino a ver cuál es la relación entre el teatro y la vida. Esperamos hacer un tipo de teatro que le guste a la gente a la que le gusta la vida, igual que pasaba entonces.


¿Otros proyectos que puedan contarse?

Afortunadamente, este 2021 ya venía cargado de proyectos. Dirijo una versión de La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco de Max Aub que estrenaremos en febrero. Luego vendrán Principiantes o De qué hablamos cuando hablamos de amor y Shock II. La tormenta y la guerra en el Centro Dramático Nacional. Estas últimas con Andrés Lima.  

 

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